Eran casi las ocho de la mañana. Todos los días cogía el autobús de la línea 5. Ese día había una gran tormenta, pero eso no era una excusa para no ir al trabajo. El conductor y yo nos hicimos amigos de tanto subida y bajada. Ese día lo notaba bastante extraño, no sé si era por el sueño, por la tormenta o por las pocas ganas que tenía de sonreír a mi jefe. Me senté en el mismo asiento de siempre, casi podría decir que ese asiento ya era mío. El trayecto hasta el trabajo se me hacía bastante pesado, por lo que intentaba distraerme observando por la ventana, pero con la lluvia era casi imposible divisar un árbol. El conductor se quejaba de la tormenta porque apenas podía ver por dónde estaba conduciendo. Llegar tarde al trabajo no estaba dentro de mis planes, sin embargo ese día no solo iba a llegar tarde. El autobús se retrasó a menos unos diez minutos por culpa de la tormenta. Me levanté de mi asiento y me despedí del conductor. Abrí el paraguas para refugiarme de la f...